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Los dilemas del mercadeo en tiempos turbulentos

Ni el whisky ni el vino se preguntan dónde están los clientes. Tampoco se lo pregunta el ron. Así me lo explicaban en una tienda especializada, llena de botellas y de gente. “Eso se lo preguntarán las agencias de publicidad pero nosotros no, aunque estamos igual de desconcertados. Aparecen clientes “pa´tirar pa´arriba”. Lo que no nos alcanzan son las botellas.

“Algunas marcas las tenemos que vender como harina P.A.N., una por cliente”. Otras como pañales: un poquito más, pero controlado”.

En algunos restaurantes pasa lo mismo. “Aquí hay días en los que no cabe un alma. En las noches baja, por la inseguridad. Pero en la semana y los fines de semana estamos llenos. ¿Son clientes nuevos o viejos? Nuevos deben ser, porque reconocemos poco a los de siempre. Esto ha cambiado”. El análisis, realizado por el veterano encargado de una parrillera del este de Caracas, define una cara de la luna. En la otra, la que no se ve, todo es incógnita.

“¿Vinos? Hay –por ahora– de la uva que quiera del país que prefiera. Lo que no hay son precios, esos que antes llamaban solidarios”. Y eso no es por el vino, sino por los nuevos impuestos del gobierno, y las regulaciones sobre su cancelación.

Las bebidas nacionales viven su época de gloria. Lo que se produzca en las destilerías locales y se pueda embotellar, se vende. Hay sed en el ambiente, especialmente en los segmentos a los que antes no apuntaban las agencias. ¿Quiénes son esos clientes, dónde están? Por ahí. Pero están. El “ratonómetro” que forma parte del ADN nacional, trabaja a millón. Parece que entrega sus resultados tarde, cuando el ratón ya hizo efecto. El que vende y el que compra si no lo saben, lo intuyen. Al ratonómetro lo ajustaron, a martillazos impositivos.

Alberto Soria


PUBLICADO: 11 de marzo de 2015